Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Andrés Molina


Colosales rocas graníticas se alzan en medio de la penillanura cacereña adoptando formas caprichosas, como esculturas grandiosas modeladas por la mano de esos grandes artistas que son Naturaleza y Tiempo. En sus formas redondeadas, desde antaño, el hombre ha buscado figuras que le son conocidas: animales, objetos e incluso personas; así, muchas de estas formaciones tienen, desde tiempos remotos, nombre propio: labradas en granito de forma natural, entre estas moles de piedra encontraremos, entre  otras, las peñas del Tiburón, la Tortuga, la Seta, la Mujer, o las Peñas del Tesoro.

Precisamente es en esta última formación, y a ello debe su nombre, donde fueron hallados dos exvotos de bronce con figura de cabra en un altar en honor a la diosa Adaegina, diosa nativa a la que se adoraba en Extremadura antes de la llegada del Imperio Romano, relacionada con el mundo subterráneo y, especialmente, con las aguas medicinales que de aquel brotan, dadoras de salud y fecundidad. No son los únicos yacimientos arqueológicos de la zona: los enormes bolos graníticos han cobijado a su sombra innumerables asentamientos humanos a lo largo de la Historia, desde el Paleolítico hasta la Alta Edad Media, como así lo atestiguan los diversos grabados y sepulcros antropomorfos labrados en piedra, las pinturas rupestres o los restos de la Villa Romana que podemos contemplar en Los Barruecos.

No sólo en estos antiquísimos restos podremos observar cómo la mano del hombre interactúa con el medio que le rodea, y cómo, medio y hombre, sufren mutuamente uno el influjo del otro, transformándose para dar lugar, a veces, a un entorno muchísimo más bello, del que el hombre forma parte activa y necesaria. Buscando el máximo aprovechamiento de un bien escaso y de vital importancia, el agua de lluvia, se construyeron en esta zona hasta cuatro charcas que serían aprovechadas para abastecer las actividades humanas. Conectadas entre sí aprovechando la impermeabilidad del suelo granítico, de tal modo que el agua no se pierde entre una presa y la siguiente, estas charcas pronto se convertirían en auténticos vergeles, dando sustento a numerosas especies vegetales y animales poco propias de los paisajes semi-esteparios cacereños, entre las que es necesario destacar la cigüeña blanca: las cimas de los enormes bolos de granito, a los pies de charcas repletas de alimento, son el lugar elegido por centenares de estos animales para nidificar año tras año, motivo por el cual Malpartida  está declarado Pueblo Europeo de las Cigüeñas, siendo además uno de los lugares predilectos de los aficionados a la ornitología para la contemplación de ésta y otras aves.

La perfecta simbiosis entre acción humana y Naturaleza,  que ha redundado en beneficio de ambas, fue, sin lugar a dudas, uno de los motivos por los que el prestigioso artista alemán Wolf Vostell eligió, allá por los años 70, este lugar para asentar el que es, a día de hoy, uno de los más prestigiosos museos de arte vanguardista a nivel mundial: el museo Vostell-Malpartida, donde podremos admirar la obra de autores de calibre tal como  Salvador Dalí, Gino di Maio o la mismísima Yoko Ono.


Wolf Vostell visita Los Barruecos por primera vez en 1974, de la mano de su esposa Mercedes, natural de Malpartida.Es ya es un reputado artista a nivel internacional que ha recorrido Europa con sus “happenings” y “fluxus”, propuestas artísticas que no centran la atención en el objeto sino en la participación del espectador a través de la ruptura con la cotidianeidad, de la sorpresa que provoca en el público y la reacción espontánea de aquél: un arte vivo, que busca transformar la realidad diaria mediante la imaginación, la participación en el juego, enriqueciendo tanto la manifestación artística como la capacidad de reflexión personal sobre la sociedad en que vivimos.

Como nos cuenta José Antonio Agúndez, el actual director del Museo Vostell-Malpartida, Vostell no fue a Extremadura con la idea preconcebida de montar un museo, pero, una vez en el lugar, resultó tan gratamente impresionado por las características particulares de Los Barruecos, que proclamó aquellas inmensas formaciones graníticas Obra de Arte de la Naturaleza y concibió de inmediato la idea de crear aquí un atípico museo donde importa tanto el medio natural como las manifestaciones artísticas que acoge.

Agúndez nos cuenta también cómo, además de un entorno natural privilegiado, Vostell encuentra en Malpartida un ambiente más que propicio en el que poner en práctica lo que venía ensayando con gran éxito desde años atrás: el autoaprendizaje del hombre a través del arte, el despertar de conciencias más críticas en el hombre contemporáneo, críticas consigo mismo y con el mundo en que vive. En Malpartida, lugar del todo apartado del mundanal ruido, lugar de gentes sencillas, toparía Vostell el acogimiento y apoyo necesarios para sacar adelante su rompedor proyecto. Aquellas gentes humildes, no formadas académicamente en cuestiones estéticas, brindarían, sin embargo, una curiosidad sincera por las ideas del artista aleman, un carácter participativo sin igual, tolerancia absoluta a algo, que, tal vez, no acababan de entender del todo pero en lo que, sin dudar, se implicaban.

Gran emoción se trasluce en las palabras del actual director del Museo (natural de Malpartida y parte activa por tanto en estos hechos), al narrarnos cómo, en un breve espacio de tiempo, Wolf Vostell suma más y más apoyos a su proyecto de crear un museo al aire libre, tanto entre importantes figuras del arte internacional, como entre los propios vecinos, que comienzan a ver cómo su pueblo es frecuentado por aquellos, desarrollándose numerosas actividades culturales, en las que las gentes del lugar toman parte activa.  En esta peculiar escuela de arte, todos son alumnos y todos maestros: historiadores, coleccionistas y profesores de arte, artistas y campesinos participan por igual de la experiencia artística, se enriquecen mutuamente con el intercambio y se ilusionan de igual modo con el proyecto Vostell, que, por fin, ve la luz en 1976, gracias a la decisiva participación del Ayuntamiento de Malpartida, el cual decide dedicar los terrenos necesarios en Los Barruecos y la rehabilitación de un antiguo edificio, lavadero de lanas del s.XVIII, que acogerá el actual museo.


El incansable trabajo de Wolf Vostell y sus seguidores, se traduce, a día de hoy, en bellísimos ambientes que acogen fascinantes obras de arte, alejando el concepto de arte de lo inerte; tal y como Vostell ideó, Arte y Vida se unen formando un todo en el que de ninguna manera alguna de las dos partes es prescincible. No es el Museo Vostell-Malpartida un museo monográfico al uso, no sólo por esta fusión entre arte y vida, sino porque ese afán participativo que movió siempre a su impulsor, se extendió incluso al método de adquisición de las obras que en sus salas se exponen: el 90% de las obras que aquí encontraremos no son producto de un intercambio comercial convencional; bien al contrario, se trata de colaboraciones donadas por los propios artistas sin afán económico o fruto de un trueque artístico: es el caso de “Telón de Parzival”, idea de Salvador Dalí, materializada por Vostell en Malpartida, a cambio de realizar su obra “Obelisco de la Televisión” en el museo del genio figuerense.

El carácter eminentemente reflexivo y removedor de conciencias de Vostell, este extravagante y maravilloso visionario que consiguió hacer realidad un sueño cuasi imposible, crear un centro de arte de obligada referencia mundial en un lugar considerado hasta entonces apenas un pedregal,  está presente en todas y cada una de las obras, tanto las realizadas al aire libre, como las que se exponen en las distintas dependencias del otrora lavadero. Encontraremos en ellas, incluso siendo profanos en este tema, profunda crítica social, a menudo a través de la provocación y la sorpresa que produce su contemplación, también a través de la muestra descarnada de la parte negativa de la realidad en que vivimos, con el objetivo de que usted y yo, los espectadores, busquemos por nosotros mismos la positiva que complementa esa realidad.

La visita a las distintas salas del antiguo lavadero supone un impacto visual difícil de olvidar, un auténtico aguijonazo en la conciencia que despierta y agudiza el espíritu crítico más adormecido. En las antiguas dependencias (calderas, canales de lavado, embarcadero…) el espacio se ha reciclado de tal modo que sería inconcebible pensar en ese mismo lugar con otro uso que no fuera acoger estas obras u  otro destino diferente en el que ubicarlas a ellas, aunque, como nos explican prolijamente en el Centro de Interpretación de las Vías Pecuarias e Historia del Lavadero de Lanas del Museo Vostell-Malpartida, el edificio posee historia y personalidad propias, habiendo sido enclave de vital importancia para el fenómeno de la Trashumancia y la industria que con ella se relaciona.


Es éste un viaje de sorpresas: si sorprendidos nos hallábamos al descubrir en este rinconcito apartado del mundanal ruido un museo de arte contemporáneo, no fue menor la sorpresa que suscitó en nosotros el recorrido por sus espacios, el estupor con el que, de obra en obra, íbamos quedándonos boquiabiertos, pasmados ante la belleza de estos ambientes en los que sala y obra son uno y su profundo simbolismo, que, con frecuencia, provocaron en nosotros además, amarga sonrisa: la ironía es una fina pátina tras la que se esconde la cruda realidad. Y, si algo hay que nos maravilla por encima de todo, provocando profunda admiración ya para siempre, es la clarividencia de este singular artista: ¿qué el ansia excesiva de petróleo conduciría al hambre? Busquen entre sus obras: Vostell ya lo había dicho. ¿Qué los medios de comunicación masivos son un factor alienante decisivo en la creación de una sociedad sumida en la depresión y la mediocridad? ¿Qué los poderes que los manejan buscan la homogeneidad en las aspiraciones de las masas respondiendo a sus propios intereses y no a las necesidades reales de la sociedad? Sí, busquen, Vostell también lo había dicho.

Inteligente, visionario, emprendedor, comprometido, irónico, divertido, cosmopolita, provocador, generoso,tolerante…

Ahora entendemos por qué, tanto las personas que trabajan en este singular museo  como sus vecinos de Malpartida, se entusiasman al hablar de Vostell y de su obra; por qué detectamos emoción y cariño en sus palabras y, en el caso de los primeros, una  profunda implicación personal en este proyecto, que, naturalmente, sigue vivo.

Desde ya, nosotros también sentimos pasión por este fascinante hombre y su trabajo, a quien declaramos, desde ya, Patrimonio Humano-artístico de Obligado Conocimiento.

 
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Los Barruecos, en Malpartida de Cáceres, declarado Monumento Natural por la espectacularidad de sus singulares formaciones graníticas, por su extraordinaria biodiversidad y por los numerosos restos arqueológicos de la zona, acoge además uno de los más prestigiosos museos de arte vanguardista a nivel mundial: el museo Vostell-Malpartida, creado por el artista alemán Wolf Vostell, quien supo ver y hacer ver, que hombre, arte, naturaleza y vida, están íntima e indiscutiblemente ligados. 

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