Es curioso cómo en las últimas décadas se puede constatar en nuestro país un creciente interés por los restos arqueológicos y por la Arqueología en general. Hay quien justifica este interés como reivindicación de las singularidades regionales frente al también creciente fenómeno de globalización que sufrimos.
Sin embargo, para ser justos, hay que reconocer que, incluso antes de existir la Arqueología como tal, el ser humano siempre ha sentido curiosidad ante los asentamientos y restos del pasado. Tal vez esta curiosidad responda, como algunos señalan, a la búsqueda de la identidad: saber de dónde venimos para saber quién somos y tal vez hacia dónde vamos, a través de quienes fuimos.
Sin embargo, cuando una conoce enclaves como Tiermes, no puede evitar pensar que hay algo innato y casi mágico en esta búsqueda de los orígenes.


La piedra, silente, habla  su propio lenguaje. Más allá de la historia oficial, conocida, excavada, estudiada, teorizada, que ya de por sí es en Tiermes asombrosa, cuando el pie pisa la roca, tantas veces hollada desde los albores de la humanidad, no puede sino preguntarse qué sentirían aquellos remotos humanos cuyo pie dejó huella primera en ella. A través de sus construcciones, de los restos que han llegado hasta nosotros, y que, por suerte, en los últimos años han sido puestos en valor, conocemos parte de sus costumbres, de su modus vivendi, de su organización. Mas, cuando una encara el paisaje, desde lo alto, observando la llanura allá abajo...tiene la extraña sensación de que en su mirada viven aquellos otros ojos, anteriores, que antes contemplaron. ¿Quién sería esa otra persona? ¿Le emocionarían las mismas cosas? ¿Qué le hizo llorar y qué le hizo feliz a lo largo de la vida? Sus preocupaciones, aunque distintas, ¿eran, en el fondo, las mismas que las mías?
Sé que no hay respuesta. Pero resulta curioso, cómo, en lugares como Tiermes, donde se suceden los restos de distintas civilizaciones, muy diferentes entre ellas, cada espacio, de por sí, transmite su propia personalidad y provoca diferentes emociones a medida que avanzamos en el recorrido.

De algún modo, la mera visita a estos lugares, enriquece a quien a ellos se acerca, de un moto sutil y difícilmente explicable. Tal vez no sea sino un ciclo que se viene repitiendo a lo largo de milenios: el humano deja estampa de su paso en la roca. La roca, a su vez, deja la suya en el humano que retorna a ella en busca de sí mismo. El que fue, es el que es, el mismo.


Varias civilizaciones y culturas harían de éste un asentamiento propio con el devenir de los siglos. Así, Tiermes se convertiría en una de las más importantes ciudades celtibéricas de la Península, como atestiguan los numerosos restos arqueológicos del yacimiento. Del asentamiento de los arévacos (el mismo pueblo que habitó la conocida Numancia), han pervivido al paso del tiempo el oppidum de Termes, con casas rectangulares  en lo alto del cerro, cuya terraza superior e intermedia conforman una defensa natural con fuertes cortados verticales en la roca arenisca del lugar y sobretodo, la necrópolis de Carratiermes, una de las mayores de España, cuya cantidad y diversidad de vestigios, han permitido conocer mejor una etapa cultural de la que sólo se disponía de parcas menciones en los textos clásicos, facilitando enormemente la comprensión de ciertos aspectos. También de ésta época se conserva un graderío rupestre, con gradas labradas en piedra. Su función era pública, y se ha empleado como teatro hasta la actualidad.
Ya en época romana, hacia el 98 a.C., el cónsul Tito Didio conquistó la ciudad, no sin dura resistencia, que fue creciendo urbanísticamente hasta alcanzar la categoría de
municipium, concedida seguramente durante el reinado del emperador Tiberio. Existen varios conjuntos con restos de esta época, entre los que destacan las llamadas Puerta del sol (este) y Puerta del Oeste, de fuerte valor estratégico para el lugar, así como termas, la ínsula o casa de vecinos, el acueducto y  la lujosa domus aneja a uno de sus tramos o las calzadas, una de las cuales vincula Tiermes directamente a Uxama y Segontia e indirectamente, a través de Uxama, la ponía en contacto con la calzada 24 del Itinerario de Antonino.
El enclave pervivió en época visigoda, en cuyo ámbito cronológico pueden encuadrarse  las tumbas visigodas del foro, una de ellas con dos esqueletos y numerosos restos de ajuar,  así como indicios de una posible basílica, hasta alcanzar ya la época medieval, durante  la cual se levantarían la iglesia románica de Santa María de Tiermes o el citado en numerosas fuentes monasterio de Santa María de Tiermes, hoy desaparecido.
A  partir de la Reconquista, pese a ser tierra fronteriza entre musulmanes y cristianos, o por ello mismo, Tiermes sufre un abandono gradual, su población se dispersa en pequeños núcleos y barrios hasta que finalmente, desaparece absorbida por otros núcleos vecinos. Así, Caracena acaba convirtiéndose en la cabecera de la comarca Comunidad de Villa y Tierra y sustituyendo a Tiermes en su papel de capital.


 
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A escasa distancia de Ayllón en Montejo de Tiermes, Soria, podemos encontrar uno de los yacimientos arqueológicos de mayor diversidad de la Península Ibérica.
Termeso, Termesios, Termantia o, el más utilizado, Termes, son algunos de los nombres que este enclave singular ha recibido desde que, allá por la Edad de Bronce, fue habitado por primera vez. De la presencia de estos primeros hombres, dan buena muestra diversos hallazgos neolíticos, así como el conjunto de grabados rupestres de amplia cronología que se encuentran en los abrigos rocosos de toda el área y, sobretodo, los restos de un poblado hallado bajo el área de la posterior necrópolis celtibérica de Carratiermes.

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Tiermes

Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Natalia M. Kescher

                 Andrés Molina

Soria

la silenciosa ciudad en la roca

La silenciosa ciudad en la roca

Un recorrido por el yacimiento arqueológico de Tiermes

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