La impaciencia se prende cada vez con más ansia en nuestros corazones una vez sobrepasamos la hermosa villa de Ucero. Durante la visita a su singular castillo no hemos hecho sino escuchar maravillas acerca del que será nuestro próximo destino, el Cañón de Río Lobos. Admirados, los que vienen de vuelta, conversan entre sí sobre la fascinante belleza de su paisaje, sobre la gran diversidad de flora y fauna que han podido contemplar, sobre la magia que impera en el lugar y que, a tenor de lo que escuchamos, parece impregnar a todo aquel que lo visita. Tales comentarios no hacen sino desear fervientemente avistar la señal que indica, por fin, el desvío al Cañón. Por suerte, pronto damos con él y no tardamos en poder dejar el coche en un amplio aparcamiento ubicado a tan sólo tres kilómetros de la ermita de San Bartolomé, el que será nuestro primer alto en el camino.
Es éste un recorrido para hacer a paso lento, no por su dificultad, inexistente, sino por puro disfrute de los sentidos. El sendero, absolutamente llano, discurre por medio de un frondoso bosque, bordeando el río Lobos.  La luz se cuela entre las ramas de los pinos y las sabinas y rompe en infinitos destellos en  esta agua de puro cristal, tan diáfana que permite admirar hasta sus entrañas, pobladas por verdes nenúfares de grandes hojas flotantes. La Naturaleza, siempre sabia, parece querer  preparar la disposición de ánimo del visitante: este pequeño anticipo sosiega el espíritu más inquieto, disipando cualquier resto de impaciencia, preocupación o ansiedad que haya portado con él hasta aquí.

Tras apenas media hora de marcha, el camino comienza a ensancharse, la vegetación de sus orillas va cediendo, dejando lugar a una hierba menuda, tupida y de un verde muy vivo, que nada tiene que envidiar a cualquier césped de jardín de los que acostumbramos a ver. De hecho, la sensación que nos embarga por momentos es la de estar aproximándonos a un lugar “humanizado”, hay algo en la disposición de los árboles y en esta fina pradera que recuerda enormemente a esos jardines semisilvestres que rodean a veces las casas señoriales. Nuestra corazonada no es del todo descabellada, lo comprobaremos enseguida: al doblar un recodo del camino, sorpresivamente, vislumbramos  el templo, apenas a una decena de metros de distancia. En un primer momento, la contemplación de esta vista, de tan hermosa, corta casi hasta el aliento, pestañeamos incrédulos ¿es cierta tanta belleza o se trata de una ilusión óptica perfecta?

San Bartolomé por momentos parece emerger de la piedra misma, por momentos parece fundirse en ella. El color de sus sólidos muros se confunde con el de los paredones calizos que lo rodean, fruto de la sucesión de eras geológicas y la acción del río,  integrándose en el soberbio paisaje de tal manera que resulta casi imposible distinguir, a primer golpe de vista, si sus pesadas líneas son fruto exclusivamente de manos  humanas o si se halla en parte esculpida en la  roca. Un paisaje soberbio que sobrecoge la mirada y despierta la admiración inmediata, máxime cuando poseemos el conocimiento de estar ante uno de los enclaves espirituales más importantes de la Península desde tiempos inmemoriales.



Diversos estudios legitiman la procedencia templaria de la construcción erigida, no por azar, en este paraje y su importancia: se trata del centro geográfico perfecto, equidistante,  entre los dos extremos peninsulares (cabo de Creus y cabo de Touriñán),  que divide la Península en dos mitades, oriental y occidental, con una exactitud asombrosa. No sólo eso, sino que la unión entre el punto de ubicación de esta ermita con otros enclaves templarios de la Península forma la figura de una cruz de malta, el símbolo por excelencia de la Orden del Temple. En la otra orilla del río, justo detrás de la ermita se abre la boca de una colosal hendidura en la roca, la llamada Cueva Grande, habitada ya en la Edad de Bronce según la datación de sus pinturas rupestres, escenario de ancestrales ritos en honor a la Madre Tierra. Sin duda, el carácter mágico de este lugar desde la Prehistoria, justifica su elección por parte de la Orden como centro espiritual donde se llevarían a cabo ritos iniciáticos para acceder a los misteriosos saberes del Temple.

Con la fantasía estimulada por todo cuanto hemos leído acerca de la carga mística del lugar, decidimos explorarlo detenidamente, en busca de las huellas arquitectónicas que atestiguan la autoría y presencia de los míticos monjes guerreros: las runas en las marcas de cantería, los canecillos de la portada, los óculos de las fachadas, auténticos mandalas iniciáticos, la siempre presente cruz templaria…Todo un despliegue de simbolismo e iconografía se dan cita en los sólidos muros de sillería que se alzan ante nosotros, despertando aún más nuestra curiosidad.


Avanzamos hasta la Cueva, al otro lado del río. Desde el puente de madera que sirve de acceso, la boca de
la gruta parece invitar a adentrarse en las entrañas mismas de la Tierra. Se trata de una galería de gran altura y unos doscientos cincuenta metros de profundidad desde cuyo interior podemos contemplar una vista sorprendente de la ermita que nos hace entender súbitamente el porqué de la elección de este lugar como lugar de culto: la semioscuridad del orificio en la roca, las caprichosas formas de sus paredes y, especialmente, las de su entrada, vistas desde aquí, recuerdan asombrosamente, si eso fuera posible, al vientre de una madre. Al fondo, se vislumbra, imponente, bajo una luz que desde aquí se nos presenta deslumbrante, la ermita. No es difícil ponerse en la piel de aquellos que siglos atrás llegaron aquí en pos del retiro iniciático: la estancia en la cueva nos pone en contacto con Gea, la Madre Tierra, y con nuestra esencia más primitiva como en ningún otro lugar; fuera de ella, el templo, receptáculo de los enigmáticos conomientos de la Orden, se ofrece como meta a alcanzar para el iniciado: el retorno a la luz, un auténtico renacer espiritual.
Conversamos acerca de nuestras impresiones durante el almuerzo, en la explanada que rodea la ermita. Ciertas o no, de lo que no nos cabe la menor duda es de encontrarnos en uno de esos lugares que merece la pena ser visitado al menos una vez en la vida. Todo en él transmite paz e invita a la introspección, aunque tal vez sea únicamente el efecto benefactor de la Naturaleza, tan pródiga aquí, cuando nos permitimos estar de verdad en contacto con ella. Sentados en el esqueleto de un olmo milenario, con la única compañía de un pequeño petirrojo que parece haber decidido que somos una fiable fuente de alimento, disfrutamos del paisaje y de esta calma inigualable durante unos minutos más, antes de adentrarnos en pleno corazón del Cañón de Río Lobos.


Nuestro paseo por el que es uno de los espacios naturales más importantes de Castilla y León  se prolonga durante unos kilómetros más, río arriba. Son numerosas las rutas que se pueden realizar dentro de este Parque, convenientemente señalizadas y fácilmente transitables, tanto a pie como en bicicleta, por lo que, cualquiera de ellas resulta recomendable especialmente para viajeros no experimentados, familias con niños y en definitiva, cualquier amante de la naturaleza. En nuestro caso, elegimos seguir el sendero que discurre paralelo al cauce del Lobos, a modo de paseo sin meta definida, disfrutando del bellísimo paisaje: la formación kárstica que constituye la garganta semeja una auténtica escultura natural. La erosión del agua en los imponentes cantiles ha dado lugar a formas y colores caprichosos, innumerables cuevas (más de una treintena) y simas profundísimas que acogen en su seno una biodiversidad extraordinaria. Discurre nuestro paseo por un bosque de antiquísimas sabinas, bordeando el río; a su vera, innumerables plantas aromáticas: ajedrea, tomillo, espliego, la fragante menta de agua; charcas de agua helada en estas fechas, repletas, sin embargo, de vida: gigantescos nenúfares y otras especies acuáticas que aguardan la llegada de la, sin duda, benigna primavera para mostrarse en todo su esplendor. En lo alto, oteando nuestro caminar desde las altísimas paredes calizas,  dueñas absolutas del cielo y de todo cuanto bajo él habita, las aves rapaces. La majestuosa silueta en vuelo del buitre leonado, recortándose en el límpido cielo azul, acompaña nuestro regreso. Difícilmente podremos olvidar las bellísimas estampas naturales que el viaje a través de tan singular relieve y su natura exuberante han dejado en nuestro recuerdo.

 
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Es infrecuente encontrar, a día de hoy, lugares a los que la acción humana no haya conseguido arrebatar, de uno u otro modo, parte de su encanto. El Cañón de Río Lobos, es uno de esos pocos rincones que han conservado intacta su esencia, por partida triple: a la gran diversidad biológica del lugar se aúnan una belleza paisajística espectacular y un alto interés histórico-cultural, sin olvidar, además, su enorme carga esotérica: nos encontramos en el que bien podría llamarse el centro mismo de la geografía mágica peninsular.

Cañón del río Lobos

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