Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Andrés Molina


Al abrigo de los recios temporales que azotan las costas cantábricas durante los meses fríos, el lugar sobre el que se asienta hoy Luarca fue escogido por sus condiciones geográficas como refugio por pescadores desde la noche de los tiempos. El devenir de los siglos nos habla de una importante flota ballenera establecida en este enclave, que prolongaría su actividad hasta, aproximadamente, el s. XVII, fecha en la que se cree los cetáceos comenzaron a escasear cerca de la costa; ya no sería posible utilizar las chalanas, que transportaban entre seis y ocho hombres, para esta lucha que poco o nada tendría que ver con la actividad ballenera tal y como, desgraciadamente, la conocemos hoy en día: sólo embarcaciones mejor provistas podrían perseguir a su presa mar adentro, hacia el Norte. No obstante, la vida de Luarca continuaría íntimamente ligada a la actividad marítima en siglos posteriores: conservas, salazones, astilleros, son sólo algunas de las actividades tradicionales que se han dado cita en esta villa.

De esta íntima relación con el mardan buen testimonio sus calles que, escalonadas sobre verdes acantilados, albergan casitas de una sola planta, en su mayoría de un blanco impoluto, roto solamente por el colorido marco de sus ventanas y puertas o, en ocasiones,  por  las macetas con flores de vivos colores con que aquéllas se decoran.

La leyenda del Kraken

vive en Luarca


Desde tiempos inmemoriales se hablaba de una bestia terrible de grandes tentáculos, capaz de arrastrar a naves y tripulaciones al fondo del mar: el temido Kraken, un animal considerado mitológico hasta fechas muy recientes. Gracias al arduo trabajo de la Coordinadora para el Estudio de las Especies Marinas (CEPESMA) a día de hoy Luarca tiene el privilegio y orgullo de contar con el más importante museo a nivel mundial para la conservación y exposición de calamares gigante y otras especies marinas.


Calle arriba, alguno de los recodos de estas intrincadas callejuelas, nos servirá de mirador sobre el puerto: allí abajo, mecidas suavemente por un Cantábrico aquí en calma, pequeñas barquitas de pescadores: blancas, rojas, verdes, sobre un agua indescriptiblemente azul bailan la danza prima sólo para nuestros ojos.

Porque Luarca es mar, y como el mar,

provoca amores apasionados y eternos.


En lo alto del Barrio de Cambaral En lo alto del Barrio de Cambaral (sobre el origen de cuyo nombre nos hablan dos de las leyendas más populares de la villa y que nadie debería dejar de escuchar), nuestros pasos se toparán con una serie de mosaicos cerámicos policromados donde se explican curiosidades históricas acerca de Luarca y sus gentes. Reza la inscripción de uno de ellos: "Arponeros astures de Luarca, dura raza, señora del Océano, domadora del viento y de la ola, rival del ballenato entre la espuma". Pocas descripciones podrían condensar de mejor manera la maestría y el coraje de estos aguerridos hombres de mar que demostrarán su valía en innumerables ocasiones a lo largo de la Historia: numerosos fueron los servicios prestados por Luarca a la Corona, para quien construyó y cedió varias naves y tripulantes que participarían en épicas batallas navales, como la librada durante la conquista de Sevilla allá por el s.XIII. También numerosas fueron las ocasiones en que los marineros luarqueses se convirtieron en azote inmisericorde de los corsarios ingleses y franceses que saqueaban nuestras costas (cuenta, uno de estos mosaicos, que hasta el mismísimo Joan Arry fue vencido por estos bravos marineros: “… en el otoño de 1601 el corsario hereje Joan Arry quiso echar su gente en la playa de las salinas, pero fue escarmentado con la pérdida de muchos hombres y mosquetes y una bandera con el dragón de San Jorje”). Si curioso nos resulta este pequeño compendio, más aún lo hará el hermoso rincón que encontraremos justo a nuestra espalda y que acoge la llamada Mesa de Mareantes. En ella celebraba sus juntas el Nobilísimo Gremio de Mareantes (marineros), encargados de regular todo lo concerniente al oficio de la pesca. Como curiosidad, sirva decir que, para decidir si en los días de temporal la flota debía salir al mar o quedarse a refugio, utilizaban un método del todo democrático, como explica uno de los mosaicos: “en uno de los extremos de la mesa se pintaba, en esquema una lancha y el otro una casa. Del lado de la lancha se ponían los partidarios de ir a la mar y del de la casa los de permanecer en puerto. Si eran mayoría los primeros, cada uno podía hacer lo que mejor conviniese, salir o quedarse. Pero si la mayoría era de los segundos, se prohibía terminantemente salir a la mar.”  Conociendo esto, poco debería sorprendernos saber que, ya por el s.XV, el Gremio de Mareantes destinaba parte de los beneficios de la faena a prestaciones sociales que garantizasen un primitivo servicio de atención social en el que se incluía asistencia médica a los cofrades ancianos, viudas, huérfanos, etc.,  adelantándose en gran medida, pues, a la mentalidad de su época.


La Atalaya, la parte más alta del pueblo, se asienta sobre un promontorio desde el que nuestra vista domina tanto la villa como el tozudo Cantábrico que jamás se cansa de besar los pies de aquella. Podremos visitar allí, el Faro, que tantas vidas sin duda ha salvado, y uno de los  lugares más queridos por los luarqueses: la hermosísima Ermita de la Blanca, a la cual se refieren los navegantes como “Estrella de Mar”. Cuenta la leyenda que la imagen de esta Virgen marinera fue hallada en una cueva horadada por el propio mar que atraviesa la cercana punta del Focicón pasando por debajo de la capilla y el faro a lo largo de unos cien metros, hasta dar en la playa de las Xarreas. Al lado de estos dos emblemáticos edificios, siguiendo la carreterita que baja bordeando el  acantilado que se asoma a esta playa, ya en dirección al puerto, encontraremos la entrada principal a uno de los cementerios más bellos del mundo. Hemos de reconocer que no es una recomendación turística del todo convencional, pero hay motivos más que suficientes para recomendar ésta como visita obligada a todo aquél que visite Luarca. No hay nada de tétrico en el que es uno de los más antiguos cementerios de Asturias, sino tan sólo serenidad y belleza: hermosísimas sepulturas de mármol blanco que, desde la terraza natural en que se asientan, miran el ir y venir de las olas, custodiadas por delicadas esculturas que velan su paz.  Sin duda alguna, los luarqueses han sabido dar a sus seres queridos la importancia debida al escoger este enclave privilegiado para ofrecerles  por toda la eternidad la vista de la villa que, con total certeza, tanto amaron. Y el mar. Siempre el mar.


Nos dirigimos al puerto tras visitar el mausoleo del que es, seguramente, el más ilustre luarqués de todos los tiempos, Severo Ochoa (Premio Nobel de Medicina en 1959), en el que nunca faltan flores. Cae la tarde, los primeros barcos de pesca retornan a puerto y sus tripulantes realizan el ritual diario de descarga del pescado fresco nada más amarrar. El producto de su faena será subastado en la lonja: exquisitos pescados y mariscos que más tarde podremos degustar en los restaurantes de la Villa, regados, cómo no, por un “culín” de excelente sidra asturiana. Justo en la terraza de uno de ellos, disfrutando de las numerosas delicias gastronómicas típicas del lugar y de las vistas al mar que su colorido puerto nos regala, damos por finalizado nuestro viaje, al menos, el público: el interior, el de sentir Luarca como propio y ser, a su vez, parte de esta singular villa, ése…. Ése ya nunca termina una vez has visitado sus mágicos recovecos. Porque Luarca es mar, y como el mar, provoca amores apasionados y eternos.

 
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En pleno corazón de la costa occidental asturiana, rodeada por frondosos valles de una riqueza natural incomparable, se esconde esta perla semidesconocida para la gran mayoría, bañada, a sus mismos pies, por el espumoso mar Cantábrico. Pasear por las callejuelas empedradas de la llamada Villa Blanca, perderse en sus mil y un rincones llenos de encanto, disfrutar de sus paisajes, su comida y, sobretodo, sus gentes, supone para el viajero una auténtica inmersión figurada, a través de los sentidos, en ese mismo mar que la baña: Luarca sabe a mar, huele a mar, vive el mar. Y el mar, en ella.

LUARCA

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Principado de asturias
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“Ven a Luarca que es Villa preciosa/ enclavada en la orilla del mar/ sus jardines y sus praderíos/

flor silvestre salitre del mar”

(Cancionero Popular, fragmento)

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