Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Andrés Molina


Construida en el siglo X por el califa  Al-Haquem II, la fortaleza de Gormaz fue durante largo tiempo enclave estratégico de vital importancia para el reino musulmán; no en vano se halla construido en el único cerro existente en kilómetros a la redonda; desde sus torres, la vega del río Duero se ofrece a la vista con total plenitud: infinitos campos de cereal, viejas cepas ordenadas en líneas perfectas, pequeños pueblos de piedra rojiza en los que parece haberse detenido el tiempo. Tal vez se haya detenido con el único propósito de permitir bañar nuestra mirada en el profundo e insondable cielo azul castellano. Todo, (los campos, las cepas, los pueblos, la tierra, el cielo…), Gormaz lo domina todo. Y desde todos lados Gormaz se alza, colosal, ante nuestros ojos.

Los elevadas murallas de sillar se conservan en perfecto estado; es fácil, durante un paseo intramuros, hacerse una idea certera sobre la distribución de espacios y usos de la fortaleza. La zona occidental es ocupada por una larga explanada: la alcazaba, el lugar donde se alojaban las tropas, también la población y el ganado durante las escaramuzas con el enemigo (de ahí la existencia en esta zona de una alberca, para aprovisionamiento de los animales y de una musalla, lugar de oración al aire libre). Es también en esta parte de la fortaleza  donde se ubica la que fuera entrada principal al recinto: la imponente doble puerta califal  de estilo cordobés con dos arcos de herradura, enmarcados por el alfiz, conformando así la buhedera (orificio que permitía el lanzamiento de proyectiles desde arriba). En la zona oriental, el alcázar: el corazón mismo del recinto, el más protegido. No sólo porque en las torres de Almanzor y del Homenaje se alojasen nobles y militares de alto rango, aquellos que, en definitiva,  decidían los designios del reino, sino también porque es aquí donde se ubica el aljibe, construcción para el almacenamiento de agua, bien imprescindible del cual podía depender la victoria o derrota de la fortaleza en caso de asedio. Toda ella se halla construida de tal manera que el acceso a esta zona sea extremadamente dificultoso para el atacante y facilite al defensor el  repeler al enemigo.

Inmensa, pues, en todos los sentidos, no es de extrañar que estas murallas ancestrales hayan sido escenario y motivo de batallas épicas. Zona fronteriza de los reinos musulmán y cristiano, asentada en un enclave natural de vital importancia desde el punto de vista estratégico y con capacidad para un ejército de miles, la soberbia fortaleza sufrió a lo largo de su historia múltiples tomas por parte de uno y otro bando.


Numerosos son los héroes y las gestas que han quedado íntimamente ligados a estos sólidos muros: Galib, el poderoso jefe militar del Califato de Córdoba, afamado no sólo por su audacia en el combate sino tanto más por su caballerosidad y respeto con los vencidos; el Conde Garcí Fernández, el de las manos blancas (y misteriosas, puesto que cuando debía hablar con una mujer, vasallo o amigo se cuidaba bien de llevarlas siempre enguantadas), gran amante de la poesía y la historia y guerrero de valor sin igual en batalla; el temido Almanzor,  cuyas hazañas constituyeron durante años el mayor azote de la cristiandad, hasta el punto que su muerte sería celebrada por los cronistas cristianos de la época asegurando que “fue sepultado en los infiernos”; Al_Hakam II, Ruy Díaz de Mendoza …y cómo no, Rodrigo Díaz de Vivar, el tan querido Cid Campeador. No sólo es que se mencione la fortaleza en el cantar, durante la narración de la afrenta del Corpes (“Prisa se dan a cumplir lo que manda su señor,/de día y noche cabalgan, no toman reposo, no./Por fin llegan a Gormaz, castillo de gran valor,/y allí, por sólo una noche, el descanso se tomó.” Tirada 131 Cantar de Mío Cid) sino que el mismísimo Rodrigo  fue alcalde del sitio en 1087, de manos del rey Alfonso VI, señor de Gormaz).


Aún habrá de depararnos una sorpresa más esta colosal construcción. Durante nuestro recorrido por su interior, habremos descubierto puertas de distinta índole: puertas que son simplemente puertas, puertas que son ventanas (esa maravillosa puerta califal invitando a asomarnos  a la llanura del campo soriano, un zigzag de cosechas de vistosos colores, el mejor cuadro impresionista jamás pintado), puertas que son trampas (¿acaso el quiebro de la puerta mudéjar de acceso al alcázar no es sino una perfecta encerrona para el enemigo que osare atravesarla?), puertas que son tal vez espías o tal vez amantes (esas poternas, destinadas sin duda a salidas por menesteres de discreción requerida…)… La última puerta no la encontraréis a resguardo de los muros, más bien, si cabe, es ella quien los ampara. No busquéis un quicio, una jamba, un dintel. No. Por la parte exterior del recinto, en el muro de la torre tropezoidal que se asienta en el extremo occidental,  encontraréis tres estelas, una de ellas, la central, de origen romano. Los motivos de las estelas laterales, de origen islámico, son simbólicos: su mágica misión consiste en ahuyentar el mal del ojo y los maléficos poderes de los espíritus nocturnos que intentan hacerse con el sitio. Por esa razón se encuentran en la parte de la fortaleza ubicada hacia poniente, por donde el sol cae, impidiendo el paso al reino oscuro de la noche.

La última puerta, la de la magia, se abrirá para vosotros si, buscando la protección de las estelas, próximos  a la caída del sol, tornáis al interior de esta inexpugnable fortaleza, siguiendo tal vez, alguno de los caminitos que rodean sus muros, bien pegados a ellos, imaginándoos espía o amante al entrar por una de aquellas discretas poternas, a resguardo de invisibles ojos que observan, hasta llegar al alcázar: existe, al sur del aljibe, un paso de ronda, tantas veces recorrido por la guardia. Soñaos guardia. Dejad que el viento, ese viento que ha sido compañero durante todo el paseo, ése que murmura sus secretos ancestrales entre las piedras incansablemente, quién sabe si en un lamento interminable por ver cumplida la maldición que un príncipe cristiano gritó a las puertas imbatibles de Gormaz (“¡…Treinta mil vecinos tienes, y en treinta te quedarás!”), dejad que os cuente su historia. Tened los oídos  prestos, pues os hablará de batallas memorables, de honor y de dolor, de cómo la sangre derramada ha teñido las tierras de su mismo color.

También os hablará de amores: mirad, desde el alto de la ronda, el paisaje que la caída de la tarde os ofrece, apoyad vuestras manos en los muros firmemente y recorred con la mirada los vastos territorios que van cayendo presos de la oscuridad. Podréis sentir el amor en el viento ya: vosotros sois ahora los dueños y señores de Gormaz, de sus tierras, de sus gentes. Todo cuanto alcanza la vista es vuestro, porque aquí, en la fortaleza sois irreductibles y, como a todo aquello que el corazón siente propio, lo amaréis.

Una puesta de sol desde aquí, bien vale una guerra, pensarían aquellos héroes de épocas antiguas. No me extraña: una puesta de sol en la fortaleza de Gormaz engrandece el espíritu. Yo también lucharía.


“Treinta mil vecinos tienes...” A día de hoy pareciera haberse cumplido la maldición que aquel príncipe cristiano profirió, según la leyenda, sobre Gormaz, población que en la actualidad cuenta apenas con una treintena de vecinos.

No obstante la pequeña aldea medieval se halla situada a pocos minutos de dos importantes núcleos de población donde se concentran la mayoría de servicios: San Esteban de Gormaz y Burgo de Osma.

Es en estas dos ciudades situadas a menos de 180km de Madrid donde a lo largo de nuestro viaje, encontraríamos avituallamiento y reposo . Paisajes urbanos de gran belleza, bañados de historia, una gastronomía mucho más que reseñable (no dejéis de probar las migas de pastor, los torreznos o los magníficos sobadillos hojaldrados) así como numerosas propuestas de ocio hacen de estos dos lugares centro lógico desde donde iniciar la visita a la fortaleza.

 

Escasos kilómetros separan las señoriales ciudades de Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz de la más importante fortaleza califal habida en Europa, la de Gormaz. Sus muros casi intactos se alzan sobre la pequeña aldea de mismo nombre, orgullosos, desafiando al tiempo y su devenir, como pétreos testigos de una época en la que los héroes aún tenían lugar. 

GORMAZ

FORTALEZA  CALIFAL

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