Un eido, en gallego, hace no sólo referencia al campo, a la finca, que rodea un hogar. No sólo a la propiedad material de una persona, al espacio físico. Un eido es mucho más: es la familia, son los amigos, las vivencias, su huella particular y más personal en dicho espacio...En resumen, un eido es la propiedad material y también inmaterial de una persona. Aquello que le hace ser quien es y donde es, donde su existencia tiene sentido más completo; su espacio vital más propio, con todo lo que aquél cobija y con todo lo que en él influye para que sea así, como es, y no de otra manera....y viceversa.
Dicho esto, sólo al visitar Eido Dourado, el singular espacio personal del creador gallego Celso Dourado, seremos capaces de comprender plenamente  cómo el significado de esta palabra es completamente definitorio, en su amplitud, para tal lugar...y cómo el lugar no podría recibir otro nombre que no fuera ése, puesto que no se trata de un museo, propiamente dicho, ni de una galería de arte, a modo convencional, ni tan siquiera de un mero taller artístico abierto al público. Eido Dourado es todo eso, pero no exactamente eso. Mucho más.


La idea para el proyecto surge allá por el año 1985 tras un viaje por Suiza. Allí, Celso Dourado observa que numerosos  autores y creadores autoconstruían entonces sus espacios para tener siempre una obra permanente expuesta al público. Se  propone hacer algo similar y para ello elige el sitio en la playa de A Pasada, próximo a la conocidísima Playa de las Catedrales, igualmente espectacular y agreste, uno de los rincones más bellos de la Mariña Lucense. El proyecto se prolonga en el tiempo, fluctuando a tenor, sobretodo, de las dificultades económicas y circunstancias personales, convirtiéndose no ya en un mero proyecto profesional, sino en todo un proyecto vital para Celso.
Con materiales reciclados en su mayor parte, tales como viejas vigas, traviesas del ferrocarril, postes del tendido eléctrico, piedra extraída de las canteras existentes en las proximidades del lugar, Celso, ayudado por su familia, diseña y construye lo que hoy en día es uno de los espacios culturales más singulares de Galicia entera


Eido Dourado se convierte así en vivienda, estudio y espacio expositivo del autor, un espacio vivo donde continente y contenido no son sino distintas expresiones de la creatividad y de la particular visión de Celso respecto al arte y la vida. Ya desde que franqueamos el umbral de su propiedad, mientras paseamos por los jardines, podemos percibir la huella de su marcada personalidad y expresividad manifiesta. Aquí, en los exteriores, Celso ha creado dos zonas diferenciadas, absolutamente singulares pero perfectamente acordes con el entorno natural donde se ubica Eido Dourado. A la entrada, un jardín alpino, donde  pizarra y cuarzo conviven en perfecta fusión con coníferas que, por medio de una poda constante y cuidada, se muestran como auténticas esculturas vegetales, arte vivo, que se combinan con piezas escultóricas  al uso de artistas amigos. Los senderos de pizarra nos conducen en un viaje inspirador al que es, sin lugar a dudas, uno de los mayores atractivos de Eido Dourado, tanto por su singularidad como por los sentimiento que inspira su visita, un jardín de acusadísima influencia zen.

Si ya  es sorprendente encontrar una creación así en estas tierras del rural gallego, más sorprendente aún resultan las sensaciones que su disfrute induce en el visitante. Como si de las páginas de un libro se tratase, el recorrido por este espacio esmeradamente diseñado y cuidado, sumerge a quien entra no a ver, sino a sentir, en el relato del ciclo vital universal, ciclo del que, por supuesto, no somos ajenos. Somos partícipes junto con la blancura de la piedra, que habla, tal vez, del momento feliz del despertar en día soleado, o, quién sabe, del nacimiento, que no es sino el despertar primero. Partícipes junto con el río de cristales de colores pulidos que atraviesa el puente: cuando lo hayamos atravesado ¿será el mismo, el río? ¿Seremos los mismos nosotros? En comunión con el yin-yang que, un poco más allá, conforman el remanso de agua calma y silenciosa  y su compañera en sonoro movimiento, opuestas y sin embargo, complementarias. Así, hasta llegar a la “Isla de los Pinos”, todo aquí es simple y profundo a un tiempo y conduce, a través de los sentidos, casi involuntariamente, a un estado propicio a la meditación.


Tal vez por este sosiego inducido, del que uno es incapaz de abstraerse, con un estado de ánimo todo punto relajado, la impresión al visitar el espacio expositivo interior resulta mayor. Tal como el propio creador define sus obras, son “una bofetada en la cara”. Precisamente, se busca, más allá de la belleza estética, conmover y, sobretodo, remover conciencias. De tintes surrealistas, sus creaciones, de líneas especialmente cuidadas, y a través de técnicas poco habituales, como son el pirograbado o las boligrafías (técnica en la que, por cierto, es precursor en nuestro país), golpean al espectador con temas siempre relacionados con la sociedad, pintura  comprometida con los males de ésta, que muestra a las claras el espíritu inconformista y luchador de su autor.

Sospechamos que su bagaje personal tiene mucho o todo que ver con este compromiso social manifiesto. A la corta edad de ocho años, mientras colaboraba en las labores de campo de sus padres, labriegos, llevando a pastar su ganado, sufre un accidente que amputaría sus manos. Un artefacto “olvidado” de cuando la Guerra Civil. Separado luego de su familia para ser “reeducado” en un colegio madrileño de oneroso nombre, INRI (Instituto Nacional de Reeducación de Inválidos)

Este hecho marcará, como es lógico, su vida y posteriormente, su obra. Una y otra son, sin duda, testimonio vivo de un espíritu indomable, de tesón épico y de lucha permanente contra un esquema social y cultural  que pretende castrar la inteligencia, domeñar el talento, enclaustrar la capacidad de la persona en celda estrecha; en definitiva, desvalorizar los valores genuinos, personales y profesionales.
Precisamente, las manos son uno de los motivos frecuentes y característicos de su obra. No a consecuencia de esa tremenda experiencia personal, entendemos, sino como reto personal, muy en la línea de su carácter luchador,  por la enorme dificultad de reproducir todo aquello que unas manos son capaces de comunicar con únicamente una torsión, una postura, un gesto. Cada línea, cada arruga, cada dedo de estas manos pintadas por Celso Dourado, cuentan, en sí mismos, una historia  desgarradora. Manos recluídas, torturadas,  manos resignadas que denuncian, sin embargo, un destino injusto. Manos que son raíces, de las que surgen, de forma casi onírica, bellísimas formas vegetales. Intrincados motivos vegetales que animan la mano inerte. Simbiosis y renacimiento.

 
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Cáceres: Montánchezgastronomico.html

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Madrid: Por el límite segoviano limite_segoviano.html
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Guadalajara: Sima de Alcorónsima_alcoron.html

En la playa de A Pasada, Barreiros, encontramos la más futurista y exitosa propuesta cultural de la Mariña Lucense: Eido Dourado. Se trata del proyecto vital del creador Celso Dourado, un espacio donde continente y contenido se fusionan, autoconstruido y autosostenido, abierto al público y punto de encuentro de numerosos artistas y aficionados, que durante todo el año se dan cita en este singular y personalísimo espacio.

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Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Andrés Molina

Lugo

Eido Dourado

Eido Dourado

Proyecto vital del creador Celso Dourado

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ARTESANIA EN METAL

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Eido Dourado, por derecho propio, se ha  convertido ya en todo un referente cultural no sólo a nivel autonómico, sino nacional e internacional (tras exponer durante  dos años en Edimburgo, este mes Celso Dourado participará, y hasta septiembre, en una importante exposición en Greiffwald, una de las más notorias ciudades del circuito cultural alemán). No sólo por la extrema calidad artística de la obra que cobija, sino por el concepto integrador del proyecto: un espacio de autoconstrucción y autosostenido (no percibe ayuda pública alguna), donde la personalidad del autor se percibe de forma palpable tanto en continente como en contenido, abierto al público y punto de encuentro inigualable para numerosos artistas y aficionados que, a lo largo del año, se dan cita en este singular y personalísimo espacio.